LA IMPORTANCIA DE LOS BUENOS MODALES 

Las Buenas Maneras


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La cortesía, la afabilidad, la urbanidad, y sus afines, son hermanas pequeñas de otras virtudes más grandes. Y la familia es el ámbito donde mejor se aprenden, sea cual sea la edad.

Si se piensa cómo han evolucionado los modales en el curso del tiempo, o cómo cambian de región en región, sería fácil deducir que se trata de algo puramente convencional, que se puede modificar o incluso trasgredir a placer.

Y, sin embargo, parece que lo fundamental, en términos de cortesía, se mantiene: todos hemos oído frases como: “por su comportamiento, se nota que es de buena familia” o “¡qué niño más educado!”, y si las han dicho de nosotros probablemente nos hemos sentido halagados.

Las virtudes humanas, que son el fundamento de las sobrenaturales, están en la base de los usos y costumbres de los pueblos, de lo que normalmente se entiende como urbanidad o educación.

La urbanidad nos muestra algo sin lo cual no se puede habitar en sociedad, nos enseña a ser humanos, civiles. La cortesía, la afabilidad, la urbanidad, y sus afines, son hermanas pequeñas de otras virtudes más grandes. Pero su particularidad reside en que sin ellas la convivencia se haría ingrata. Es más, en la práctica, una persona grosera y descortés a duras penas podrá vivir la caridad.

Las virtudes poseen un carácter social. No son para el lucimiento personal, para fomentar el egoísmo, sino, en definitiva, para los demás. ¿Por qué nos sentimos tan a gusto con algunos, y quizá menos con otros? Probablemente, porque aquel nos escucha, vemos que nos comprende, no muestra prisa, da serenidad, no se impone, sugiere, respeta, es discreto, pregunta lo justo.

Quien sabe convivir, congeniar, compartir, ofrecer, acoger, dar paz, está en camino de ser verdaderamente virtuoso. Si faltan algunas condiciones, la buena convivencia se deteriora. El civismo es quizá la mejor forma de presentación. Y las que podríamos llamar virtudes del trato constituyen el presupuesto y la base donde engarzar la joya de la caridad.

Las virtudes de la mesa

Estar con las personas que nos quieren, compartir, ser comprendidos son modos de socializar, de aprender a darse a los otros. Mejora las relaciones entre los miembros de la familia, proporciona a los padres momentos informales para conocer mejor a sus hijos y anticiparse a posibles dificultades.

Cuántos detalles de educación sobre los que incidir: “te agradezco mucho que vayas a por sal”. “¿Te has lavado las manos antes de sentarte a la mesa?”. “Ponte derecho, y no cruces las piernas cuando comes”. “¿Puedes ayudar a tu hermano a preparar (o a quitar) la mesa”. “El pan no se tira”. “Agarra bien el tenedor”. “Corta la carne en trozos pequeños, y no hables con la boca llena”. “Hay que comer no solo con el estómago, sino con la cabeza, y se come todo lo que uno se ha servido, guste o no guste”. “La sopa a la boca, no la boca al plato”. “Límpiate antes de beber, y no hagas ruido”. “No bebas con el codo apoyado en la mesa”.

En las comidas, se pueden aprender cosas elementales como cuánto es razonable que me sirva, teniendo en cuenta que hay otros comensales; o a no comer fuera de horas, y así apreciar mejor lo que me dan. Por otra parte, comer juntos no es solo un hecho social. También es cultura en el sentido más noble y riguroso del término.

La cultura, como muchos autores han puesto de manifiesto, está relacionada con el culto. Dar el culto debido a Dios es parte de la naturaleza humana, que también se hace cultura en forma de ritos e instituciones. ¡Qué modo más estupendo de dar al Señor toda su gloria, si el “rito” de la comida es precedido por una oración!; si invocamos la bendición de Dios sobre la familia y los dones que estamos por recibir; si agradecemos al Señor el pan que se nos ofrece cada día, y rezamos por quien lo ha preparado, y por quien vive en la indigencia.

Bendecir la mesa es una costumbre que ayuda a interiorizar el hecho de que Dios está de continuo a nuestro lado, a dar gracias por lo que recibimos, y a respetar a los demás en la convivencia cotidiana.

Mantener el buen tono

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En torno a la mesa y en reunions familiares, se prepara a los hijos para la vida en sociedad. Cada vez es más claro que el lema del “todo vale” no se ajusta a la realidad. Una persona a la que molesta cualquier cosa o que discute todo, resulta un compañero de trabajo complicado.

El estilo forma parte de nuestra personalidad. Es importante, por ejemplo, aprender a vestir conforme a la ocasión. La pulcritud no consiste tanto en tener un vestuario caro o de marca, cuanto en llevar la ropa limpia y planchada. Y esto los niños lo cultivan en el hogar, viendo cómo sus padres actúan en todo momento con elegancia y discreción.

En familia, con pequeños detalles nos cuidamos unos a otros. Nadie se presenta mal vestido, ni come sin un mínimo de compostura. Las madres, sobre todo, piensan en una comida que le gusta a quien celebra un aniversario. Cada cual se pasa la fuente, y está pendiente de lo que necesitan los demás. Uno ofrece el pan o el agua a otro antes de servirse. Se dan las gracias, pues el agradecimiento fomenta la concordia, y la concordia la alegría y la sonrisa.

Después de una buena comida en familia somos más felices: no solo con la alegría fisiológica de animal sano, sino porque hemos compartido con los que más queremos nuestra intimidad; nos hemos enriquecido moralmente, personalmente.

Los comportamientos de los que se ha hablado ayudan a formar nuestra interioridad. A orientarse cara a Dios y cara a los demás. La mujer y el hombre maduros están anclados en la realidad, por eso se contentan con lo que tienen y lo disfrutan a fondo. Han aprendido a respetarse a sí mismos, a ser señores de su alma y de su cuerpo. Se conducen con naturalidad, prudencia y medida en toda situación. Perseveran confiadamente –en la amistad, en su trabajo, en los objetivos que se han fijado–, porque más que de recibir son capaces de dar.

J.M. Martín


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Articulo publicado en:
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